jueves, 29 de septiembre de 2005
El silencio es el vaso más hermoso hecho añicos

El autobús está a rebosar. Lo habitan en ese momento montones de gente joven: amas de casa, estudiantes con la mirada perdida, jovencitas con unas faldas tan cortas como su vergüenza. Todos hablan. El silencio es el vaso más hermoso hecho añicos.

El autobús gira, entra en la avenida y se para. No baja nadie y suben dos pequeños con las mochilas al hombro y la cara casi cubierta por sus bufandas. Se sientan a mi lado y siguen hablando ajenos a cualquier cosa. A una señora que le ruega al conductor que la deje viajar sin billete. A un bache que nos hace a todos estremecernos y luego olvidarnos.

El autobús vuelve a parar y suben dos señoras más. De nuevo, no baja nadie. Es este el momento, tengo que aprovecharlo, pero dudo. No se nos permite dudar (está casi tan prohibido como no creer), pero dudo. Miro de nuevo a las dos criaturitas y luego mi reloj. Éste me devuelve la mirada con un gesto de asco sin dejar de reptar por mi muñeca. Es este el momento, pero dudo.

El autobús sigue su trayecto y yo rezo mentalmente porque se bajen los niños. He estado a punto de avisarlos un par de veces, pero eso me llevaría a la deshonra o la compasión. No se nos permite la compasión. Ni dudar. No debo dudar. Es la hora. Y entonces se bajan los niños. Con una risita alegre. Una inocencia de carnerito.

El autobús para ante un semáforo y yo me abro paso ante la multitud. Entre empujones y disculpas me abro paso hasta la puerta y simulo que voy a bajarme. Me llevo la mano a la chaqueta, miro a los lados y hago un breve repaso de sus caras. Voy a echarlos de menos. Pero este es el momento. El reloj marca la hora exacta. Voy a echarlos de menos. Por mi tierra libre. Palpo el cable. El botón. Lo acciono.

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