Morir es tan fácil como matar.
Morir como mueren
los hombres en combate,
-altivos y orgullosos-
con los ojos en otra parte
y el corazón en ninguna.
Morir demasiado pronto
y sin saber por qué,
morir matando
como matan ellos, sin prisa
y con hipotecas por la espalda.
Lo difícil,
lo realmente difícil:
aceptar el preámbulo de morir
y cogerle cariño,
la compañía de los errantes,
reptar entre lagartos,
sobrevivir a un tiempo tatuado,
despedir a los viajeros.
Lo realmente difícil
es desafiar lo muerto.
Vestir el miedo.
Ser el cazador.
...así que propongan ustedes a servidor métodos para el suicidio. Fácil, rápidos y baratos. Y que no manchen, si es posible.
Sus ojos
son la fuente inagotable
de la luz.
A veces pasa y no tiene remedio.
Algo sucede y alguien lo ve,
y lo cree, y lo habla,
y alguien entiende
y la verdad florece de boca en boca.
Alguien se atreve a decir
-una idea sencilla y efímera,
la sombra de una idea-
y alguien la escucha,
se gana nuestros corazones
y escribe lo que todos quisiéramos
sobre la arena.
Esta vez el mensaje
no lo componen silencios,
sino diminutos pedazos de lo Real
y lo que pudo haber sido.
La esperanza como una bandera
que aún queda por pintar.
Enormes ejércitos de gente
con nada en las manos.
El planeta sangra libertad
por cada llaga
-huellas de poder en heridas remotas
que nadie quiso recordar-
mientras la verdad se pasea
con alas de sangre
y el puño alzado.
Una noche en que tuvimos
la vida en las manos.
Una noche para el corazón
y la esperanza.
Una noche para los que dejaron
de creer.
amar una patria sólo de sueño
una isla entre todos los cuerpos
un lecho
hoy me siento cubierto de ceniza, pegajoso y triste
he salido a la calle como a una pesadilla, a la deriva
sin una noticia en el periódico a la que aferrarme
sin banda sonora, sin desayuno
sobre el mercado aguantaba una única gaviota contra el cielo
Daniel Rabanaque.
De su libro "Vaho en el cristal" (ed. Point de lunettes).
Ha muerto un poeta.
Qué lástima.
No somos nadie.
(Me debe dinero)
Hoy la tierra y los cielos
me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma
el sol,
hoy la he visto,
la he visto y me ha mirado...
hoy, ¡creo en Dios!
Gustavo Adolfo Bécquer.
(Distribución de las estrofas: muy libre).
El día despierta mojado
acariciado por una brisa
que ya se marchaba.
El cazador otea el horizonte.
El rastro sigue fresco.
Ha llegado la hora
de reanudar la marcha
a pesar de la fatiga.
A lo lejos, el sol se asoma
prometiendo un pellizco
de imposible.
La mañana vuelve a levantarse
vistiendo heridas nuevas
y la tos de un gallo
araña al viento
bajo un silencio solemne.
El monólogo del cazador
se desnuda para nadie
y bandadas de aves pardas
alzan el vuelo para acompañar
la majestuosa decadencia de los días.
Pues sí. Ya he acabado un relatito de 11 páginas que voy a mandar a concurso (a ver si me llevo unos euros e invito a comer a unos amigos) por cosas del insituto y demás. Ya os contaré qué pasa y cuando acabe el concurso os iré colgando fragmentos si queréis. De momento, uno de muestra.
Llevo una semana aquí dentro y nada ha cambiado. Esta mañana me despertó un sol intruso que se había colado por la rendija que hice.
La mañana desfila como un reo condenado a muerte. El paisaje desierto y gris que se filtra por el agujero inspira suicidios. Fuera, unos molinos giran a pesar de no importarle a nadie. Un rebaño de vacas sigue el paso del tren con la mirada perdida. Deben ser vacas poetas.
Fue un verano de una noche,
fue la noche de un sábado.
El sol tenía que madrugar
y a la noche se le fue la mano.
La luna vestía su celo en tus ojos,
la muerte no habitaba tu cuarto.
Era sábado por la noche
y a la noche se le fue la mano.
Apenas un minuto mendigo,
apenas bastó para mirarnos:
las estrellas pasaron de puntillas
y a la noche se le fue la mano.
Tú apoyaste tu cabeza en mi pecho,
yo te arropé con un abrazo,
se suicidaron todas las sirenas
y a la noche se le fue la mano.
(est) Y mientras todo sucedía,
mientras la vida seguía pasando,
tú levantaste la cabeza.
Yo entrecerré los párpados.
Dijiste “tu corazón va muy deprisa”
y mi corazón lo habías robado.
Sonó en tu habitación un beso
y a la noche se le fue la mano,
y a la noche se le fue la mano.
Fue un verano de una noche
con nuestros cuerpos entrelazados.
La calle la habitaba nadie
y a la noche se le fue la mano.
El aliento entre nuestras bocas
era un beso entre dos barcos.
Pasó la una de la mañana
y a la noche se le fue la mano.
El ruido de las calles lo marcaba
el tránsito de dos borrachos:
el silencio era una rapaz
y a la noche se le fue la mano.
Tú espalda me pidió una historia
y yo le conté cuatro,
y a mis manos se les fue la noche,
y a la noche se le fue la mano.
(est) Y mientras todo sucedía,
mientras la vida seguía pasando,
tú levantaste la cabeza.
Yo entrecerré los párpados.
Dijiste “tu corazón va muy deprisa”
y mi corazón lo habías robado.
Sonó en tu habitación un beso
y a la noche se le fue la mano,
y a la noche se le fue la mano,
y a la noche se le fue la mano.
...pero muy al fondo.
Pues eso. Perdonadme si no ando con ánimos y no escribo, pero es lo que tiene cuando vives sin corazón.
Cruzo cada calle y allí sólo me espera la muerte.
¿Te acuerdas de ese día en que los tanques invadieron Cataluña y sólo venían a saludarnos?
El follonero, 52, Localia.
...
Que se levanten todos los generales del mundo. Cataluña merece su estatut.
13.
Los hay que mueren de silencio
de tragarse demasiadas palabras y del cólico fenomenal que sigue
y los hay que mueren por hablar demasiado
pues las paredes --al contrario que las tapias, que están sordas-- oyen.
Los hay que mueren de cansancio
de todo lo que hay que cambiar para que nada cambie
y hay quien muere de aburrimiento
en esta feria universal donde continuamente ocurren cosas
y nunca pasa nada.
Hay quienes mueren de miedo
ante la mera sospecha de que podrían darse de bruces
con la verdad de sus actos
y hay a quienes les da tanto coraje
que alguien pudiera sospechar que hay una verdad tras sus actos
que sencillamente se mueren.
Los hay que no mueren nunca
porque ya están muertos.
Jorge Riechmann.
De su libro "27 maneras de responder a un golpe".
Conviene la tristeza
necesaria, no olvidar
el beso ácido del tiempo, telaraña
disimulada en los racimos,
enmascarada sombra, pan de hielo;
no olvidarse del llanto o la fatiga
de los que sufren o se cansan, de la exacta
nomenclatura del dolor,
ni del aliento sin alias del herido;
no olvidarse.
Conviene incluso la nostalgia,
con su disfraz de pájaro y su música
tan pobre de organillo.
Pero luego
bucearemos sin miedo a las corrientes,
brindaremos brincando muy desnudos
sobre el país en ascuas y, aunque sea
como arropar la nieve,
abrazaremos la alegría y cruzaremos
la vida -esa frontera
entre paréntesis de humo-
como el equilibrista ciego:
sin medir el alambre a cada paso.
Juan Antonio Bermúdez.
Otro año. Ramón García no se atrangó con las uvas (lástima) y Bush dio las campanadas en Ánsarlandia acompañado por Eva Hache. Yo lo recibí en casa, bebiendo cava (en mi casa apoyamos el estatut: no hay boikots que valgan) y escribiendo canciones. Una de ellas, que nace de un poema que ya colgué, dedicado a esa mujer tan especial:
AÚN ME SALUDA TU ROPA TENDIDA.
Todo pasó por el bombardeo,
todo fue requisado:
zapatos, cigarrillos, condones,
poemas, canciones, pecados,
tanto ardor y tanta desidia,
tanta fiebre de enamorado,
los trozos de un espejo,
tu marca de pintalabios.
Todo pasó por el bombardeo,
todo fue requisado:
el destino nos marcó con el guiño
de un cráter disecado
y nos embargamos el ánimo de vivir,
y no supimos hablarlo.
(est) Pero aún persiste la esperanza.
Pero nada aún ha terminado.
Porque mi corazón viaja en cigüeña.
Porque tu nombre sigue escrito
al reverso de mis venas.
Y espero que vuelva el día
en que yo fui todo para ti
y tú fuiste todo para mí.
Aún me saluda tu ropa tendida,
aún me recuerda tu gato
y tu sombra aún es sombra
de mi coraza de legionario.
Y aún me añora tu calle,
aún nos arropa tu tejado
y el destino sigue siendo
el bostezo de otro gallo.
Porque nada en mí desiste,
porque mi ánimo está empañado,
y tu nombre en mi corazón está escrito
con trazos de nubes de mayo.
(est) Pero aún persiste la esperanza.
Pero nada aún ha terminado.
Porque mi corazón viaja en cigüeña.
Porque tu nombre sigue escrito
al reverso de mis venas
y espero que vuelva el día
en que yo fui todo para ti
y tú fuiste todo para mí,
y espero que vuelva el día
en que yo fui todo para ti
y tú fuiste todo para mí.
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