Huérfanos pródigos
desnudos de la carne
que pasaron a mejor vida,
hermanos de un mismo padre
desconocido,
ejemplos de fracaso.
Cuerdas viejas de un violín viejo,
libros olvidados
si nuestra sangre valió un libro,
el silencio de lo Real embotellado,
muertos más vivos
que sus verdugos.
Y sin embargo:
discretas sombras
en cada fotografía,
fallos estadísticos,
amantes de una noche,
poetas por accidente.
Y sin embargo:
cazadores de nubes y su simiente,
luz en una vidriera
balas perdidas en la garganta.
Y sin embargo:
botellas de cristal a la deriva,
viejos náufragos
que hace mucho
hablaron de amor.
-Qué delgada eres
-me dijo-
y entonces yo pensé en la mujer de la foto
en sus senos grandes
y en los míos pequeños
del tamaño del cuenco que hace un hombre con su mano
del tamaño del cuenco que él hacía con su mano
cuando me dijo: qué delgada eres.
Miriam Reyes.
De su libro "Bella duermiente".
"Soy una casa deshabitada"
David Eloy Rodríguez.
Soy llaga providente
y vasta extensión de venas abiertas,
soy sangre de reyes
fecunda y bastarda.
Soy fondo sin pozo
y fértiles huertos de veneno,
soy piel de lobo,
punta de cuchillo,
huérfano de luz.
Yo soy el epicentro centrífugo de los miedos
y sus famélicos dominios,
soy el horror que me transita,
soy mi tumba quemada,
soy vinagre
-mi nombre se escribe
en la lengua
de los que callan-.
Cada lunes ella atraviesa el portal y sube los escalones de dos en dos. Llega al último piso y allí se permite descansar medio minuto antes de abalanzarse hacia la puerta. La llave es pequeñita, pero encierra casi tres años de su vida.
Una vez dentro, recorre el apartamento ajena a todos los detalles. Las puertas que nunca ha abierto, habitaciones que ni siquiera conoce, bombillas fundidas, la depresión irremediable de las goteras. Un centenar de poemas adornando los pasillos. Ella sabe que una vez le dio por pintar, pero ya no queda sitio para los cuadros. La casa es sólo el camino hasta su habitación.
Él la espera, como siempre, sentado en la cama, con la mirada perdida en el horizonte. La ventana siempre abierta es el reflejo de un sol pródigo y desterrado. Un guiño de luz.
Sobran las presentaciones, las preocupaciones, el protocolo. Para qué esperar cuando esperar es la muerte. Sólo conocen las caricias a través de la ropa, el aliento sobre el aliento en que les educó su amor por la sangre. La prisa. Sus encuentros son su culto al cuerpo y sus entrantes, sexo y sexo unidos por sus raíces. Celo fecundo. Una invitación al olvido y su pasado animal. Se saben cómplices.
Tras la batalla, le gusta abandonarse a tiempos mejores mientras él recorre su cuerpo con los dedos y la mirada. Besa las marcas de su espalda y luego la deja dormir. Una vez escribió sus mejores versos en largas tiras de papel y los sembró en su pelo. Eran tiempos mejores.
-Te quiero.
-Ése es el problema-responde ella, intentando no escucharse a sí misma mientras atraviesa la carne de él con la mirada.
La cama se vuelve una plataforma a la deriva. La evidencia del naufragio. Él se levanta, se sienta frente a la ventana y vuelve a perderse en el horizonte. Lía un porro mientras ella se viste.
-¿Volverás mañana?
Ella se va sin contestar. Él no dice nada y da la primera calada. Piensa en ayer y mañana, en lo que pasó y sigue pasando. A veces garabatea algún verso y espera al día siguiente, absorto en el vuelo de pájaros grises sobre la tumba incierta de la tarde.
VIENTRES DE MADRID Y DE BAGDAD
[13 de marzo de 2004]
«(...) la lógica de la guerra a todos sus niveles conduce al hermanamiento de todas sus víctimas civiles, sean éstas del bando que sean: un inesperado cordón umbilical parece unirlas todas y dejan sin argumentos, y completamente solos, a los señores canallas de la guerra».
(Eugen Drewermann: "Contra la injusticia")
Sólo entonces
os he visto.
En la nuca partida del suelo iraquí.
Y en la sangre bramando por la grava de Atocha.
Y en el Pozo:
izando sus calambres tras una siembra triste,
los ombligos de los hombres
abiertos y a cuchilla por los perros del Amo.
Yo cuido de los vientres de las novias perdidas
—los hombros de los niños se han quedado sin hora;
cuido de las oraciones cansadas de la tierra
y del largo cabello de todos nuestros muertos.
Soy el pueblo sin puñal y tres veces devastado,
el silbo de una cuenta enmudecida.
Yo cuido de las flores y los peines:
soy un hombre en la altura de todas vuestras muecas.
Y escarbo en las costillas de la bestia
besando lo imposible que habla en vuestra sangre:
soy el hombre que cuelga de un ombligo,
la cólera enterrada en los pozos del mundo.
Y os digo:
que la lumbre tronará por los espejos
que un caballo volteará por vuestra boca
que siempre las heridas
de todos estos hijos
saldrán casi estallando por un fundado cielo.
Sólo entonces
os he visto,
a los unos y a los otros, sangre terca unida ahora.
Desde entonces sea el hombre:
yo bramo en vuestro propio
cordón umbilical.
Enrique Falcón.
De su libro "Amonal y otros poemas".
Ya leía cositas tuyas, pero has terminado de ganarte un lector, hermano. Vaya poema.
Vivir con los puños cerrados.
Vivir hasta morir.
Es algo personal.
Un descampado en medio del refugio
donde el amor alumbra cada rincón,
donde anónimos y errantes hijos de la luz
-huérfanos divinos-
desafían al odio y sus derivados.
Una trinchera con las puertas abiertas
donde abrazarse al fuego.
Donde entregarse al pecado
y la penitencia.
Donde acomodar el olvido.
Sus gentes -esa panda
de incorrectos y holgazanes,
de poetas inéditos
y pintores que encierran la vida
en cada boceto-
siempre dispuestas a todo.
Su moral distraída por encima
de todos los mandamientos.
Demos la vida por este paraíso.
Que no lo sometan al libre comercio
ni el leasing ni el factoring
ni las epidemias ni las rebajas.
Que no lleguen las palabras de los dueños
más allá de las fosas de muerte
que ellas mismas excavan a su paso.
Que no cese la fiesta.
Porque estas noches mis esperanzas
son batallas eternas
entre quienes dictan y quienes cantan.
Una vez el señor Contrabandista me dijo que cuando la vida se vuelve puta, hay que plantearse el empate a cero y prepararse para lo próximo, como en el fútbol. Visto que el Betis ha salido del descenso, he decidido intentar ponerlo en práctica.
Empate a cero. Lo difícil es aplicarlo cuando pierdes por goleada. Y es el caso.
¿Quiénes se burlaron de nuestras llagas?
¿quiénes arrancaron el corazón
a los caballos que tan lejos
habían de llevarnos?
¿Quiénes convirtieron nuestros puños veloces
en estos torpes muñones de esparto?
¿Quiénes crearon el molde
donde una y otra vez
se fragua la muerte?
¿Quiénes fueron?
Que den un paso al frente,
que ya está bien de tanto llanto.
Que den ahora un paso al frente,
que los vamos a perdonar.
Jose María Gómez Valero.
De su libro "Travesía encendida".
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